viernes, 21 de enero de 2011

AQUEL MONSTRUO DEL DESIERTO

Con la de cosas que hay para escribir y opinar, que si la ley antitabaco a lo bestia, Túnez, la desesperación de Haití, la gasolina por las nubes y mil tropelías más, mira tú por donde que he pensado en cosas más agradables y he tirado de recuerdos para fabricar esta entrada.
La semana pasada finalizó el Dakar 2011. Es una competición única, incomparable. Se desarrolla en un entorno que brinda un espectáculo fabuloso tanto por sus paisajes como por el espíritu de aventura que supone disputar una prueba automóvilística en las condiciones más extremas de resistencia, habilidad y aventura. Como todos sabemos, la prueba tuvo que salir de manera forzada de su entorno natural y originario, ya que África no está para carreras de coches, para desgracia de todos (sobre todo para la propia África). La elección de Sudamérica para la continuidad de la mítica carrera fue un verdadero acierto ya que mantiene el mismo nivel de dureza y belleza que se disfrutaba en el continente negro, pero quizá sin la magia que éste brindaba. El Sáhara y el Teneré eran y son desiertos inhóspitos, que pueden engullir con su inmensidad al más pintado. La extrema tensión que suponía la certeza de que algún problema, bien de navegación, de pilotaje o técnico, garantizaba la angustia de quedar a merced de una gran extensión de arena, sin núcleos civilizados a menos de 1000 kms., no es comparable con lo que hoy se vive en el actual entorno de la carrera.
Recordando todo eso y los momentos que viví disfrutando de aquellos reportajes, me volvió a la cabeza una imagen que me fascinó cuando era un adolescente de 16 años. Ya era un enfermo de esto de los coches y seguía como podía las competiciones con asídua regularidad. El Dakar era cita obligada y siempre veía y grababa todo lo que me enteraba que ponían en la tele del mismo. Año 1988: Peugeot arrasaba en la carrera con Ari Vatanen como piloto principal, pero también andaba por ahí camión pilotado por un holandés llamado Jan de Rooy.



Eran otros tiempos. Me imagino la cara de Ari Vatanen en ese momento. Imaginaos la mía cuando lo ví hace 23 años y la que sigo poniendo cada vez que vuelvo a ver este vídeo. El camión era un DAF TURBO TWIN, que tenía dos motores de 500 CV, uno en cada eje. En el año anterior, este mastodonte había quedado 7º en la clasificación general ( en aquella época, coches y camiones compartían la misma clasificación)y se presentaron ese año con verdaderas intenciones (y posibilidades) de ganar el Rally. Unos días más tarde de estas imagenes, el segundo DAF, que hacía labores de apoyo al de Jan de Rooy, sufrió un accidente mortal en la que su piloto perdíó la vida, propiciando la retirada voluntaria del equipo y el final del proyecto. También supuso que por un tiempo no hubiera competición de camiones en el Dakar y que años más tarde, se regulase la velocidad máxima de estos monstruos del desierto.

4 comentarios:

alcorze dijo...

IM-PRESIONANTE, estoy con otro compañero aplaudiendo delante del monitor

Uff, ¿y esa humarraca negra es de que petó el motor o es normal?

Mr. Le Mans dijo...

La humareda es normal, amigo. En aquella época lo del CO2 pintaba más bien poco.

Angelillo dijo...

Yo también pensaba que había petado el motor. ¡Camiones más rápidos que coches! Tenía que ser una brutalidad de potencia ese camión.

Tani dijo...

Tremendo video, uno podría pensar que con tal cantidad de humo la máquina se había arruinado. Da un completo subidón ver esa secuencia.

Gracias por compartir, mi querido Direc.