lunes, 6 de octubre de 2008

DIVAGANDO POLÍTICAMENTE

Hay algo que suele suceder, y que he vivido en mis propias carnes, cuando uno no pertenece a la férrea doctrina de un partido político. Sobre todo a la hora de hablar de política con alguien que sí pertenece a ella.

Resulta que si hay uno del PSOE, soy un conservador. Si el contertulio es Pepero, lo que soy un rojo radical. Si hablo con un nacionalista - sea cual sea su supuesta nación - soy un enfervorecido español de los de antes. Si por el contrario hablo con un español hasta la bandera, soy un simpatizante de Arzalluz o Carod Rovira.

Y es que así es la vida, al menos la relacionada con la opinión política, en este bendito país. Y todo porque cuando el PSOE carga las tintas contra la Iglesia, yo muestre mi disconformidad aunque sólo sea por respeto a la gente de izquierdas que va a misa ( y es mucha). O cuando se inventan la gilipollez de la educación esa de la ciudadanía me parezca una patochada de tres al cuarto. O que el espíritu de la izquierda, cuyos principios básicos se basan en el reparto de riqueza y acortar las distancias entre clases sociales, se hayan sustituído por leyes antitabaco, radares, alianzas de civilizaciones y ministerios fantasmas como el de la Igualdad.
Y qué decir cuando un Pepero de Zaragoza me trata de defender lo indefendible como el trasvase del Ebro, la grotesca foto de las Azores o la Guerra de Irak. O trate de negarme que la mayoría de pelotazos urbanísticos, así como la cultura del ladrillazo y enriquecimiento rápido ( es cierto que los demás también se apuntaron a él) florecieron sistemáticamente con gobernantes del PP. O esas estructuras caciquiles donde uno manda y los demás obedecen, con historias aberrantes en algunas comarcas de muchas regiones españolas.
En cuanto a los nacionalistas, las que me lían mis queridos amigos "esquerros" o "peneuvistas" cuando insisto en que el nacionalismo es un problema gratuíto que, simplemente, no debería existir en un país y un siglo como éstos. Que todas las barreras que creemos serán muy difíciles de derribar o que las bochornosas situaciones que se dan cuando las distintas lenguas se convierten en un muro por ley, que se usan para desunir en vez de unir. O que, sobre todo, el nacionalismo no es más que una manera de observar sólamente el ombligo de uno y que, cuando uno viaja y se comunica con el resto del mundo esas ideas se van enterrando.
Por el contrario, cuando defiendo ante algún españolísimo acérrimo la legitimidad de que un catalán hable en catalán o en la lengua que le salga o le apetezca, o defiendo que es verdad que en España coexisten variopintas de formas de ver la vida, no me queda más remedio que oírme cómo me comparan con el Otegui.

Ante todo esto, mis conclusiones a la hora de votar en unas elecciones se centran el elegir la lista que ofrezca el menor número de puntos posible en los que esté en desacuerdo; pero eso sí... a mí el PP como que no....

1 comentario:

elturolenseerrante dijo...

Está claro que ningún partido político nos define, si te pones a pensarlo friamente incluso ni entran ganas de votar.

A mí personalmente me encanta discutir(en el buen sentido claro), tanto de política, de fútbol, de mujeres...de todo...

Mi conclusión es que los dos grandes partidos de este país se complementan, y lo perfecto sería que ganaran cade vez unos la elecciones, que se diese un cambio cada 4 años.

La izquierda avanza con temas sociales antes impensables, y la derecha a la que le cuesta aceptarlos en un principio luego los consolida.